martes, 14 de marzo de 2017

Campo dialéctico




El sexto gol que el Barça marcó al PSG provocó un temblor de tierra, leve, pero suficiente para que el sismógrafo más cercano al Camp Nou lo registrase. Ya había titular, «Terremoto de emociones», y, para ilustrarlo, un sismograma con sus exaltados piquitos; sólo faltaba poner la letra para armar dos páginas. Se requirió entonces la ayuda de los expertos y todos estuvieron de acuerdo: lo mejor que le puede pasar a la salud física y mental de una sociedad y de sus miembros es que gane su equipo. He aquí sus palabras tal cual las parafraseó la crónica.

La psicóloga dice: «Estamos en una sociedad emocionalmente enferma donde los mensajes positivos brillan por su ausencia. Un mundo cargado de negatividad donde los medios de comunicación informan de asesinatos, guerras, desgracias, una información que impacta sobre las emociones de las personas. Por ello, la gesta de los jugadores del Barça logra cambiar –aunque sea sólo por unos días– este discurso plomizo y pesimista que cala día a día. O, en el otro extremo, las exigencias de una felicidad ficticia».

Los especialistas en el «Universo de las Emociones» corroboran que, en efecto, la felicidad no fue ficticia, más bien provocó reacciones fisiológicas muy reales: «Un impacto cardiorrespiratorio, neurológico, en las hormonas».

Y el profesor de humanidades, experto para más inri en sociología de las emociones, echa mano de jerga seudofreudiana –«La gente acudió contenida, con una autorrepresión [sic] de la expectativa de la victoria»– y, por si no se ha entendido, repite la idea tomando prestada la retórica electoral de Obama, más accesible para el vulgo lector –«Aunque fuese políticamente correcto decir “sí se puede”, el sentimiento interno de la mayoría no era este»–. Con el sexto gol se desató el paroxismo, futbolero y analítico: «En un mundo en el que cada vez tiene más peso lo virtual, la comunicación a través de las redes, lo que sucedió en el Camp Nou muestra la fuerza de las personas, la importancia de cada uno. Cuando la gente se une, está junta físicamente, se crea una fuerza colectiva, explica [el profesor] al referirse al público (y recordando las rebeliones en la historia)». Es decir, el roce hace el cariño y la revolución.

A estas alturas, la crónica abre un requicio para la duda. Se permite dudar. Duda de sí misma: «El análisis podría haberse trasladado al extremo opuesto. Instalarse en las teorías que vinculan la exaltación de los deportes de masas, sobre todo el fútbol en este país, con un cierto adocenamiento de la sociedad, el pan y circo de la época romana, y a mayor satisfacción más docilidad social». Pero el conato dialéctico es rápidamente abortado: «La realidad es que los intentos de adocenamiento social están hoy por todas partes». Así las cosas, no merecía la pena amargar, en un país con un serio problema demográfico, el pronóstico de un «repunte de natalidad en las próximas Navidades» realizado por el perito que cerraba la información, Gerard Piqué. En fin, que uno de los pocos campos donde todavía resulta admisible un atisbo de confrontación dialéctica es el de fútbol, donde, según decía el periódico, «ganar o perder es la representación lúdica de la lucha por la vida».

lunes, 13 de marzo de 2017

Café americano





La cafetera que Tom Hanks ha regalado a los periodistas que cubren la información de la Casa Blanca iba acompañada por una nota muy sentida: «Keep up the good fight for Truth, Justice, and the American Way. Especially for the Truth part». El énfasis mayúsculo viene a ser el mismo de la letanía que entona The New York Times.



George Clooney debería estar preocupado. Con lo de la cafetera parecía que Tom Hanks se declaraba dispuesto a hacerle la competencia y esa impresión obtuvo una inequívoca confirmación pocos días después: si Clooney fue el productor de Good Night, and Good Luck, sobre el duelo que enfrentó a Edward R. Morrow y Joseph McCarthy, Hanks va a encarnar nada menos que a Ben Bradlee. La película contará la batalla que dio el periódico de Katharine Graham, interpretada por Meryl Streep, en defensa de la publicación de los Papeles del Pentágono. Se va a titular The Post y la dirigirá Steven Spielberg. «This is the dream team», ha dicho Sally Quinn, la viuda de Bradlee. Y añadió, encantadísima: «I think the timing is perfect». Exactamente lo mismo cree el actual propietario del periódico, Jeff Bezos, que la película va a ser como un banner gigante para captar a nuevos suscriptores en la era Trump.



Los periódicos siempre han publicitado su probidad…



…pero ahora arrecia la campaña. Y tanta insistencia recuerda la que podría poner María Egipcíaca en el alarde de su virtud. También desconfiaba de la matraca Billy Wilder, que no en vano había trabajado como periodista en su juventud: en Primera plana, el eslogan que gastaba el sensacionalista Examiner era «La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad», y en la redacción del Alburquerque Sun-Bulletin, de la película El gran carnaval, lucía, bordada en primoroso punto de cruz y debidamente enmarcada,  la leyenda «Tell the truth».



Bien, digamos la verdad: en The New York Times no ha debido de caer nada bien que Spielberg vaya a conceder todo el protagonismo en su película a The Washington Post. Este, al dar la noticia del proyecto cinematográfico, tampoco tuvo la deferencia de mencionar que el Times fue el primer periódico en conseguir una copia de los Papeles de Pentágono y en comenzar a publicarlos. No ha tenido que escocer menos en la cabecera que quiere pasar por la quintaesencia del periodismo que le hayan arrebatado a Tom Hanks, el icono publicitario del americano amable, simpático, buenazo, la encarnación del mito nacional-propagandístico (the American Way) que en su día asumió James Stewart. El director de The New York Times, Dean Baquet, no olvida las recientes afrentas y acaba de soltar esta maldad a propósito del nuevo lema del Post: 

https://twitter.com/carolynryan/status/840989785611091968


Muy cerca de este tuit, aparecía este otro:

https://twitter.com/ctxt_es/status/840991091914637315


Y ya no sabemos si hay que leerlo como crítica cinematográfica o como una pulla al discurso jactancioso de los grandes periódicos.
 

viernes, 10 de marzo de 2017

Cónsules



El periódico es un mapa topográfico y la curva de nivel de la noticia sobre el dictamen del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que permite a las legaciones diplomáticas de los Estados miembros denegar visados humanitarios sin ningún problema marcaba una cota menor. Penúltima página de la sección de internacional. Página par. Sin foto.

A primera vista, la decisión editorial parece incongruente con la línea del periódico. Hace sólo un par de semanas su revista dominical dedicaba un recuerdo a Aristides de Sousa Mendes, el cónsul en Burdeos del Estado Novo de Oliveira Salazar que salvó la vida a decenas de miles de judíos en 1940. 


En su día, la misma cabecera dio la contraportada a Gilberto Robles, el cónsul mexicano en Francia que, desafiando a la Gestapo y al Gobierno de Vichy, consiguió rescatar entre 1939 y 1942 a  40.000 personas, entre ellas, miles de exiliados republicanos españoles. Cierto que el rincón en el mapa concedido ambos diplomáticos es más visible, pero no nos engañemos: allí la altitud de la cota informativa es ridícula. Esas historias, la del «fascista justo» y la de «la gesta de Gilberto Robles», son viñetas perfectas para un colorín dominical, curiosidades de contraportada. Ofrecen la oportunidad de calzar un relato épico con el que Spielberg podría hacer un merengue sentimentaloide; ilustrarlo con una foto añeja, que siempre luce mucho, y añadir una dosis inocua de justicia retrospectiva. El resultado es una preciosa postal vintage, carente por completo de significado para el presente; es decir, un paquetito periodístico muy mono. Pero el que llevan consigo los exiliados es un fardel. Sólo cabe esperar que dentro de setenta años los periódicos puedan decorar sus páginas con la peripecia de algún cónsul que, sublevándose contra el aparato burocrático europeo de 2017, haya salvado millares de vidas.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Era febrero y llovía Gomá en los periódicos





BORRASCA. En El Mundo, el escritor defendía la ejemplaridad de Cervantes. Antonio Lucas, no se sabe si un poco escamado o francamente escandalizado, le pregunta: «¿Cervantes como referencia de ejemplaridad?».

Respuesta: «De ejemplaridad póstuma, que es cuando se concreta realmente la dimensión de un hombre. Para mí el acierto portentoso de Cervantes es hacer de la cortesía la piedra de toque entre el idealismo fanático que no soporta el humor contra ese que no es fanático y hace uso de la ironía. Así se adelanta al idealismo contemporáneo. O lo funda». [Sobre el concepto del humor cortés y mansurrón que predica Gomá, véase su «Teoría del aguafiestas»]

El entrevistador vuelve a la carga: «Pero en la vida de Cervantes hay momentos de oscuridad…».

Réplica: «No está probado que Cervantes hiciera nada ilícito». Triple salto mortal desde la ejemplaridad moral, o artística, o póstuma, o lo que sea, al código penal. El prodigioso trapecista encadena un tirabuzón: «Es un error entender la ejemplaridad como una plantilla que se aplica al individuo 24 horas al día y ante un tropiezo de la norma quedas invalidado. No me gustan las medidas ejemplificantes en ese sentido. Me emancipo de esa comprensión de la ejemplaridad como una nueva inquisición. No me interesan los individuos que tienen conductas de catecismo. Cervantes es un buen ejemplo. Con independencia de mil pequeñas anécdotas de su vida, al final su imagen es luminosa. La ejemplaridad de Cervantes hay que entenderla como algo completo y no puntual». En román paladino: Cervantes quizás hizo algo feo, pero no hay pruebas de que fuese ilícito, y, en cualquier caso, ello no impide que lo podamos tomar como una referencia de supina ejemplaridad póstuma.

El coloquio resultaría realmente ejemplar aunque sólo fuese porque demuestra la posibilidad de embutir todas las palabras de una misma familia léxica en unas pocas líneas. Pero además ilumina la lectura del libro Cervantes libertario, en el que Emilio Sola habla de cómo «las élites cultas y bienpensantes, políticamente correctas, en palabras de hoy» llevan desde el siglo XVIII asesinando al Cervantes antisistema para convertirlo luego en una «amansada mascota de Estado».
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CHUBASCOS TORRENCIALES. El ABC Cultural pone a disposición de Gomá tres páginas para que nos explique bien eso de la ejemplaridad póstuma. Escribe (y, en este caso, no hace falta traducirlo al román paladino):

«Hay vidas humanas que merecerían durar más allá del breve tiempo que les es concedido y que se esfuerzan por elevar, con los materiales de este mundo, una obra pública y patente que, gracias a su consistencia, burle ese mezquino plazo. Uno querría darle a su vida una perduración semejante a la de las pirámides egipcias, que siguen conmemorando el nombre del faraón en cuyo honor se levantaron siglos, milenios después de su muerte. […] Vivir es el arte de elegir la forma de nuestro cansancio futuro. Unos se consumirán en los afanes de una actualidad transeúnte, espuma de los días, mientras que otros preferirán comprometerse a largo plazo con la realidad durable y poner su cansancio al servicio de una pirámide en construcción».

La conclusión la dibujó El Roto. Sólo hace falta cambiar un poco la leyenda, muy poco, apenas introducir un matiz: «Las momias de los faraones intelectuales viven para la posteridad, la gente en la actualidad transeúnte». 

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DESPEJADO CON SOL. En el mismo suplemento, en el artículo de Andrés Ibañéz a propósito de Vindicación del arte en la era del artificio de J. F. Martel, se encontraba una defensa del humanismo, de una cultura vitalista, de la vida y para la vida, que el faraón –monarca y dios– se cepillaba pocas páginas después: «La vida humana no tiene que ser útil. Somos seres libres, nacidos para vivir, descubrir y experimentar la existencia, no empleados de una gigantesca factoría humana. Considerar al ser humano desde el punto de vista de la utilidad es verle como un animal de granja, o como un esclavo, o como una máquina». Incomprensible para la cultura funeraria de los promotores de obra pública faraónica. 


martes, 7 de marzo de 2017

Morgenblätter

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De repente me han entrado unas ganas locas de bailar. Me voy a poner a todo trapo a Johann Strauss hijo. Dejaré aquí algunas notas rápidas, algo así como las instantáneas de los giros, cabriolas y piruetas que me inspira el vals de los morgenblätter. No descarto desacompasados trancos –al fin y al cabo no soy una sissi–, ni violentos sobresaltos –los matutinos tampoco son precisamente un dechado de filarmonía vienesa. Muchas veces bailaré a destiempo, de forma intempestiva, porque me parezco un poco a la vieja aquella que retrató Larra:

«Y es el caso que vivía y leía (al uso del país) tan despacio y con tal sorna, que habiéndose ido atrasando en la lectura, se hallaba el año 29, que fue cuando yo la conocí, en las Gacetas del año 23, y nada más; hube de ir un día a visitarla, y preguntándola qué nuevas tenía, al entrar en su cuarto, no pudo dejarme concluir; antes arrojándose en mis brazos con el mayor alborozo y soltando la Gaceta que en la mano a la sazón tenía:
–¡Ay, señor de mi alma! –me gritaba con voz mal articulada y ahogada en lágrimas y sollozos, hijos de su contento–, ¡ay, señor de mi alma! ¡Bendito sea Dios, que ya vienen los franceses, y que dentro de poco nos han de quitar esa pícara Constitución, que no es más que un desorden y una anarquía!».

En Kaffekantate seguiré leyendo los papeles del año 23 y maldiciendo la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis; aquí me daré a las gacetas del día. Y quien dice del día dice de la semana o del mes, porque la periodicomanía de Lieschen consiste en tener siempre a mano una pila de periódicos atrasados por leer.